lunes, 4 de octubre de 2010

Reseña de la conferencia de Servando Ortoll, Los dos Huerta


LOS DOS HUERTA, Por Adalberto Carbajal, Ecos de la Costa 04/10/2010
La historia de la investigación sobre Victoriano Huerta en la que Servando Ortoll lleva ya más de cinco años, empezó tiempo atrás cuando Pedro Zamora, corresponsal de Proceso, le hizo una entrevista sobre el jamás realizado desembarco en Manzanillo que el ejército norteamericano planeó, como alternativa o complemento al ataque a Veracruz, para la invasión de 1914.
La nota en Proceso hizo que un reportero norteamericano buscara a Ortoll en Guadalajara. Y, más tarde, que Gerardo Villadelángel Viñas invitara al historiador a participar en el primero de los tres volúmenes que se anticipa le darán continuación a El Libro Rojo que en el siglo XIX elaboraron Riva Palacio y Payno. En esta obra, el Fondo de Cultura Económica quiso consignar los acontecimientos más sangrientos de la historia mexicana, ocurridos entre 1868 y 1928. Y el libro vale su peso: la edición en rústica cuesta más de 800 pesos. Es, de hecho, dice Ortoll, muy pesado hasta para ponérselo en las piernas. “Pero hay cosas muy interesantes ahí.
El coordinador de la obra le mandó los borradores de dos de los autores, cuyos nombres se niega a mencionar Ortoll, como ejemplo de lo que estaban preparando. Así constató que casi todos los que participan en el proyecto están dedicados a la literatura. Servando leyó la vasta narrativa de uno de ellos en sus tiempos de ocio, y por el borrador concluyó que cualquiera puede escribir ese tipo de novela histórica.
De cualquier modo, Villadelángel lo animó a escribir sobre la invasión. Y Ortoll comenzó a hacer una investigación bibliográfica, porque no tenía accesos a archivos en ese momento sobre el desembarco en Veracruz. Así descubrió que los tres mejores libros sobre la invasión de 1914 son de autores norteamericanos, dos de ellos militares (uno de la Marina y otro del Ejército), y el más reciente y mejor escrito era de un autor que Ortoll ya conocía por la investigación que hizo sobre los cristeros, para su tesis de doctorado en Columbia.
Tras revisar la bibliografía, Ortoll vio que había archivos que ellos no habían visitado, porque en ese entonces no estaban abiertos. Y se percató que habían pasado más de 40 años desde la última versión. Faltaba, pues, no sólo una visión más actual sino una lectura mexicana de esos hechos. Siguió escarbando, y en la búsqueda cayó en cuenta que, también sobre Victoriano Huerta, los mejores libros que se han escrito, los más serios y exactos, son de autores norteamericanos.
Aunque intuía una brecha por el hecho de había archivos que no habían sido tocados, Ortoll tenía sus dudas sobre el interés del tema. Sin embargo, sus lecturas sobre la vida del presidente norteamericano que ordenó la invasión, Woodrow Wilson, lo ayudaron a encontrar la vertiente. Revisó desde las autobiografías que escribieron gente como el médico de cabecera del presidente o la de su secretario de Marina que luego fue embajador en México, la biografía que sobre su papá escribió una de las hijas o la de una cuñada de la primera esposa de Wilson. Todas esas lecturas le ayudaron a entender mejor a Wilson pero, además, Ortoll descubrió que, como los autores norteamericanos le tienen mucho respeto a Wilson, no pueden hablar mal de él. Y que todos ellos vieron a Huerta siempre dentro del contexto mexicano.
Hasta ahora, quienes han escrito sobre Huerta, amigos o enemigos, lo ven desde el contexto mexicano. Y Ortoll pensó que sería bueno, como hizo en su tesis de doctorado, hacer la biografía de Huerta con una dimensión internacional. Como hipótesis inicial, Ortoll se planteó la pregunta: ¿fue Huerta realmente el autor intelectual del asesinato de Madero? La historia oficial mexicana dice que sí, pero hay autores mexicanos que sostienen que no está comprobado. Y les cargan la responsabilidad a personajes cercanos a Huerta, como los generales Manuel Mondragón y Aureliano Blanquet, también conspiradores de La Ciudadela. Incluso, Félix Díaz pudo haber organizado el asesinato.
En busca de respuesta, Ortoll consultó a varios autores. Un profesor de la Universidad de Arizona lo llevó con Michael Meyer, quien le dijo que tampoco él creía que Huerta haya sido el autor intelectual. El año pasado, Servando estuvo en Harvard con su ex profesor John Womack, con quien estudió un semestre a inicios de los años ochenta. Y en una conversación de dos horas le hizo, en español y tuteándolo, dos preguntas fundamentales: ¿vale la pena escribir otra biografía de Huerta? La respuesta fue: sí. Y, ¿cree Womack que Huerta haya mandado u ordenado el asesinato de Madero? A lo que el célebre autor de la biografía de Zapata, quien está a punto de jubilarse de la academia, contestó: no.
Womack, además, le hizo varias recomendaciones. Y como aún no las agota, Ortoll cree que a la investigación todavía le falta tiempo. Una es que visitara los archivos cubanos porque, después de dar un curso sobre Cuba en Harvard, se había percatado de cómo los cubanos tuvieron siempre una visión hemisférica de América Latina. De hecho, Ortoll había leído las memorias de Manuel Márquez Sterling, que era el ministro de Cuba en México (en ese entonces el único embajador acreditado en nuestro país era Henry Lane Wilson, todos los demás eran ministros, no había más embajadas sino cancillerías, y por eso el decano del cuerpo diplomático era el representante norteamericano).
La otra recomendación fue que revisara los archivos de Pemex, que están muy bien cuidados, para ver el periodo en que estuvo Huerta trabajando en Nuevo León. Entre otras sugerencias. Ortoll, por su cuenta, encontró los archivos de la familia de quien fuera agregado de negocios en México, Nelson O’Shaugnessy. Su esposa escribió tres libros sobre México. Y el hijo de ambos dejó en Harvard los documentos. Así, Servando dedicó los 12 sábados de los meses que estuvo en Nueva York para revisarlos.